La pasión futbolística en la vida de Miguel Delibes

Desde bien pequeño, Delibes sintió un fuerte amor por el fútbol. También practicaba otros deportes pero según él “ni la natación, ni la bicicleta, ni la caza tiraron de mí con la que fuerza con que lo hizo el fútbol a los ocho años”. Compartió esa afición con sus hermanos, José Ramón y Federico, y junto a ellos memorizaba alineaciones de Primera y Segunda División, nombres de estadios y resultados.

Formaban parte de una generación que pudo experimentar un fútbol de antiguos valores, en la escuela, jugando con bolas de papel que traspasaban en su imaginación porterías pintadas en la pared. Un fútbol popular que motivó la pasión del escritor castellano por el Real Valladolid; así se expresaba en “Una larga carrera de futbolista”, del libro Mi vida al aire libre (1989):

“Yo creo que mi primera afición deportiva, asumida como pasión, como auténtica pasión desordenada, fue el fútbol. Esto quiere decir que yo fui hincha antes que aficionado. Anteponía al espectáculo el triunfo de mi equipo, el Real Valladolid Deportivo. Y hasta tal punto vivía sus peripecias de corazón que, de muy niño, hacía solemnes promesas al Todopoderoso si el Real Valladolid salía victorioso en Las Gaunas o El Infierniño. En cambio, cuando jugaba en casa, me parecía que bastaban mi aplauso y mis voces de aliento para triunfar y no iba con embajadas al Todopoderoso”.

Delibes jugó al fútbol en su tiempo libre desde los once hasta los cuarenta y cinco años, los diez últimos siendo el portero del Sedano FC. El 9 de septiembre de 1944 disputó su último partido como delantero, un encuentro organizado por un grupo de periodistas y algunos miembros del Circo Feijóo. Un evento muy especial pues desde la grada lo observaba su novia e inspiradora, Ángeles de Castro. El propio Miguel contaba que saliera al campo muy emocionado y decidido. “Pero en mi primera arrancada, después de driblar al mayor de los Tonetti, me entró un chino malabarista, no recuerdo muy bien dónde me puso la rodilla, me propinó un leve empellón y yo salí por los aires dando volteretas, como proyectado por una ballesta. Quedé malparado, maltrecho, abrumado por un sentimiento de vergüenza que aún hoy, al cabo de cuarenta años, se reaviva cada vez que lo recuerdo”.

En 1929 comezó el vínculo entre Delibes y el Valladolid, le pidió a su padre que le hiciera socio a cambio de su paga; había llegado el momento de vibrar con el club de su ciudad, eliminando al Atlético de Madrid de la Copa del Rey en 1931 siendo el Valladolid un club de Tercera, ascendiendo a Segunda o quedándose a las puertas de la Primera División, lugar al que llegarían con los años. Ocupó su butaca en el José Zorrilla hasta 1978, año en el que deciden incorporar vallas metálicas entre el campo y la grada y motivo por el que Delibes abandonó el estadio pero no al equipo.

“El par de veces que me he acercado después a un estadio no me enterado de nada. En la pradera hay demasiada gente, se mueven todos a la vez, los goles me pillan de sorpresa y cuando espero la repetición y ésta no llega, me pongo de mal humor.”

El 12 de marzo de 2010, antes del encuentro entre el Real Valladolid y el Real Madrid, el José Zorrilla guardó un minuto de silencio en memoria del escritor. Se convirtió sin duda en uno de los momentos más sentimentales en la memoria del club y de la ciudad.

Por | 2017-11-17T13:45:43+00:00 17 noviembre, 2017|Aúpa Delibes, Miguel Delibes|0 Comentarios

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